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Cartier-Bresson más allá del ‘instante decisivo’

Alberto Giacometti, rue d’Alésia, París, Francia, 1961 Gelatina de plata, copia realizada en 1962 Colección Fundación Henri Cartier-Bresson, París. © Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos, cortesía Fundación Henri Cartier-Bresson.

Hasta el 7 de septiembre, la Fundación Mapfre (Madrid) acoge una de las grandes exposiciones de la temporada madrileña. ‘Henri Cartier-Bresson’ es la primera gran retrospectiva que se realiza en Europa desde su muerte hace 10 años y recorre el trabajo realizado a lo largo de más de siete décadas por uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX.

La muestra, realizada por el Centre Pompidou de París en colaboración con la Fundación Mapfre y la Fondation Henri Cartier-Bresson, presenta más de quinientas piezas, entre fotografías (más de trescientas), dibujos, cuadros, películas y documentos, procedentes de más de 20 colecciones internacionales.

Para Pablo Jiménez-Burillo, director del Área de Cultura de la Fundación Mapfre, “esta exposición es muy importante para nosotros no solo por ser Cartier-Bresson quien es, sino porque demuestra la importancia que concedemos a la fotografía en nuestra programación. Además, ésta no es una muestra más de Cartier-Bresson. Es el fruto de casi cuatro años de trabajo durante los que se ha podido reunir abundante material, en muchas ocasiones inédito, y ofrecer una visión realmente completa que quedará como referencia para los próximos años”.

Más allá del ‘instante decisivo’

En esta muestra se pone por primera vez de manifiesto toda la riqueza de su obra y la diversidad de su trayectoria como fotógrafo, desde la estética surrealista hasta el fotorreportaje o su estilo intimista de los últimos años. De esta manera se desgrana el trabajo de este artista mucho más allá de su célebre concepto del “instante decisivo”.

“Si hay un fotógrafo que concentra el sentido de la fotografía en el siglo XX: sus derivas, su historia, su madurez, su compromiso, su vocación al servicio de la realidad… ese es Cartier-Bresson”, abunda Jiménez Burillo.

Para Clément Chéroux, comisario de esta retrospectiva, “el reto ha sido demostrar que no hay un único Cartier-Bresson y que a lo largo de setenta años fue cambiando. Hemos querido, en resumen, renovar la visión que se tiene sobre él y su obra”. Para permitir apreciar esa evolución, en la muestra se utilizan únicamente impresiones de la época, algo que destaca el comisario.

El recorrido cronológico –también inédito en este artista– se articula en torno a tres ejes. El primero de ellos corresponde al periodo comprendido entre 1926 y 1935 y está marcado por la relación que mantuvo el fotógrafo con el movimiento surrealista, con sus inicios fotográficos y con sus grandes viajes por el mundo.

El segundo escenario está dedicado a su compromiso político desde su regreso de Estados Unidos, en 1936, hasta que volvió a Nueva York en 1946; y la tercera secuencia, que comienza con la creación de la agencia Magnum Photos en 1947, se extiende hasta principios de la década de 1970, momento en que dejó de realizar fotorreportajes.

Un joven pintor

Cartier-Bresson empieza a dibujar a una edad temprana, adornando sus cartas con pequeños dibujos y llenando cuadernos de bocetos. También en esa época le toma afición a la fotografía. Desde mediados de la década de 1920 pinta con regularidad, antes de incorporarse a la academia de André Lhote. Sus cuadros más antiguos conservados datan de 1924 y muestran una evidente influencia de Cézanne.

En el taller de Lhote, el joven adquiere conocimientos de geometría: los lienzos que pinta entre 1926 y 1928 poseen una esmerada composición, con arreglo a los principios del número áureo. Al mismo tiempo empieza a relacionarse con los surrealistas y a realizar collages al estilo de su amigo Max Ernst.

Signos ascendentes

Su obra fotográfica es el resultado de la combinación de múltiples factores: cierta predisposición artística, la tenacidad en el aprendizaje, el ambiente de la época, sus aspiraciones personales y sus magníficas relaciones.

La producción del autor se inicia en la década de 1920, caracterizada por esa doble vertiente de pintura y fotografía practicadas como afición; luego se va desarrollando y asentando en algunos hitos a lo largo del tiempo, como su viaje a África de 1930-1931.

En todos sus trabajos se refleja su amor por el arte, las horas empleadas en leer o en contemplar cuadros en los museos, la marca profunda de las enseñanzas de Lhote y la relación con sus amistades norteamericanas. Junto al primero de ellos se inicia en las artes de la composición, y en compañía de los segundos descubre las fotografías de Eugène Atget y las de la corriente de la Nueva Visión. El primer Cartier-Bresson aglutina en su obra estas influencias tan diversas.

El surrealismo

En casa de Jacques-Émile Blanche conoce a René Crevel, por él que empieza a frecuentar en 1926 los círculos surrealistas. De esos contactos conservará algunos motivos del imaginario surrealista: objetos empaquetados, cuerpos deformes, personajes durmiendo, etc.

Pero lo que de verdad le dejará marcado es la actitud surrealista: el espíritu subversivo, el gusto por el juego, el espacio cedido al subconsciente, el placer del deambular urbano y una cierta predisposición a abrazar el azar.

Cartier-Bresson será especialmente sensible a los principios de la belleza convulsiva enunciados por Breton y no dejará de llevarlos a la práctica a lo largo de la década de 1930. Desde ese punto de vista no cabe duda de que es uno de los fotógrafos más genuinamente surrealistas de su generación.

Fuente: www.hoyesarte.com

 

 

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